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por C.S. Lewis
Existe un vicio del cual nadie en el mundo se halla libre; uno que todo el mundo crítica cuando lo ve en los demás; uno del cual casi nadie, excepto los cristianos, se cree culpable. He oído a varias personas que reconocen que tienen mal temperamento, o que no pueden dejar de pensar en mujeres o en la bebida, y hasta dicen que son cobardes. Pero creo que no he oído a nadie que no sea cristiano, acusarse de este vicio. Pocas veces me he encontrado con alguien que no siendo cristiano, muestre la más mínima misericordia cuando ve este vicio en los demás. No hay una falta que convierta a una persona en impopular, ni una falta de la cual estemos más inconscientes en nosotros mismos. Y mientras más la tenemos en nosotros, más nos disguta verla en otros.
El vicio de que hablamos es el orgullo o amor propio; y la virtud que se le opone en la moral cristiana se conoce como humildad. De acuerdo con lo que enseñan los maestros cristianos, el vicio esencial, la maldad extrema, es el orgullo. La falta de castidad, la ira, la avaricia, la embriaguez y todo lo demás, son en comparación "picaduras de mosquito". Fue por orgullo que el diablo se convirtió en diablo; el orgullo lleva a todos los demás vicios; es el completo estado de anti-Dios en la mente.
¿Suena esto a exageración? Si así es, piénsalo bien: Hace un momento señalaba que mientras más orgullo tenga uno más le molesta verlo en los demás. En efecto, si deseas hallar cuánto es tu orgullo, la forma más fácil de averiguarlo es preguntarte: "¿Cuánto es lo que me disgusta que los demás me desdeñen, que no nos tomen en cuenta, nos hagan remar para su propio beneficio, se crean superiores a nosotros, o del todo nos descarten?"
El caso es que el orgullo de cada quien está en competencia con el orgullo ajeno. Lo que queremos dejar claramente establecido es que el orgullo es esencialmente competencia. Lo es por su misma naturaleza, al paso que los demás vicios lo son sólo por accidente, por decirlo así. El orgulloso no se complace de tener algo sino de tener más que el otro. Decimos que hay quienes se sienten orgullosos de ser ricos, de ser inteligentes o de tener una buena figura, pero no es así. Están orgullosos de ser más ricos, más inteligentes, o de mejor figura que los demás. Si cada quien llegara a ser igualmente rico, inteligente o de buena figura, no habría nada de qué estar orgulloso. Es la comparación la que nos hace orgullosos: el placer de estar por encima de los demás.
Una vez que desaparece el elemento de competencia, el orgullo también desaparece. Por esto es que dije que el orgullo es esencialmente competencia y en una forma que los demás vicios no lo son. El impulso sexual puede que lleve a dos hombres a entrar en competencia si los dos desean a la misma muchacha; pero esto es sólo por accidente; bien podría de igual manera haber deseado a dos diferentes muchachas. Pero puede ser que un orgulloso nos arrebate la novia, no porque la desee, sino para probar que es más hombre que nosotros. La avaricia puede hacer que los hombres entren en compe-tencia si no hay suficiente para todos; pero el orgullo, aunque llegue a tener posiblemente más de lo que desee, tratará de poseer aun más para afirmar su poder. Casi todos los males del mundo que la gente califica de codicia y egoísmo son más bien resultados del ORGULLO.
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